Precisamente en este instante, mientras Venus se desliza en el espacio profundo para situarse exactamente entre la Tierra y el Sol, el cielo atestigua el inicio de su conjunción inferior en el signo de Escorpio, un tránsito que la astrología asocia con un descenso alquímico al inframundo y que coincide de manera milimétrica con el retiro y descenso de las aguas al concluir la temporada de lluvias en el Altiplano Central mexicano.

Para los antiguos teotihuacanos, este ocultamiento no era un vacío geométrico, sino el latido inicial de su ciclo sinódico de 584 días, una danza orbital que a lo largo de ocho años traza de forma perfecta una estrella de cinco puntas o rosa de cinco pétalos en el firmamento.

Esta geometría sagrada es la que quedó inmortalizada en la almena teotihuacana, donde los ancestros esculpieron el símbolo estelar de las cinco puntas fusionado con las anteojeras de Tláloc, el dios de la lluvia, tejiendo un puente eterno entre la astronomía y la agricultura: un recordatorio de que cuando la estrella se apaga momentáneamente en las profundidades de Escorpio, el agua celestial se guarda bajo la tierra, iniciando la maduración de las cosechas y marcando el tiempo en que la naturaleza se repliega para preparar su futuro renacimiento.

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