Durante cuarenta días Jesús ayunó en el desierto, y fue justo en su punto más débil cuando llegó la voz que susurra.

El diablo no aparece aquí con cuernos ni con fuego.

Es un anciano flaco y quemado por el sol, casi lastimero, que ofrece convertir unas piedras en pan.

Ahí está lo perturbador de la escena.

La tentación más peligrosa no grita, se acerca despacio y disfrazada de ayuda.

Tissot pintó este desierto tras viajar de verdad a Tierra Santa.

Las rocas resecas y ese lago al fondo son el mar Muerto, retratado con una exactitud casi geográfica.

El pintor sabía lo que hacía. Años antes retrataba a la alta sociedad de París y Londres, entre sedas y salones, hasta que una visión mística lo cambió todo.

Dejó ese mundo y dedicó una década a esta obra.

El hombre que vivió del lujo terminó pintando a quien renuncia a él.

Jesús aparece de espaldas, de blanco, frente a la sombra oscura del tentador. Ni siquiera lo mira.

Y quizá esa sea la respuesta más difícil de todas. A veces resistir no es luchar, sino no darse la vuelta.

¿Resistirías esa voz en tu peor momento?